Mis
ojos vieron luz en el valle llamado Caracas y peyorativamente la ciudad de la
inseguridad. Con una de las tasas más altas de inseguridad mi crecimiento en
este valle consistió en no abandonar los lugares que mi familia consideraba
seguros. Salir a la calle por cuenta propia era una especie de pecado para un
niño. A pesar de no hacer vida en los espacios públicos, esta metrópoli tiene
el encanto de ofrecerte personas para todos los gustos. Ese es el caso de mis
amigos, una compilación de diversas características que no se hubiese podido
encontrar en ningún otro sitio del planeta.
Nunca
fui de esa gente que podía estar encerrada en espacios cerrados, para mí la
diversión era salir a la calle, ver los carros, el cielo, las avenidas, la
gente, en fin hacer vida en la ciudad. Desde que entendí mi afición por lo
urbano supe que mi futuro lugar de estudio sería La Universidad Central
de Venezuela, patrimonio de la humanidad desde 2000. Al entrar en esta casa de estudio descubrí
el mundo de lo bohemio, el cual había estado oculto para mí.
Luego
de un par de semestres y la suficiente confianza para salir con la gente de mi
salón, fui invitado a una nueva propuesta que se iba a dar en Caracas: “La Ruta Nocturna ”.
Esta tenía como premisa salir a dar un paseo en la noche por el Casco Histórico
de Caracas. Tratando de “impulsar el
disfrute y aprovechamiento de los espacios público caraqueños” el Gobierno
Nacional organizó el evento con el objetivo de contrarrestar la sensación de
inseguridad que existe en la población capitalina.
“Salir
a caminar de noche, eso es una locura” se escuchaba en mi casa, luego de
haberles planteado asistir al nuevo proyecto. Sin embargo eso no fue obstáculo para mi creciente curiosidad con
respecto a lo que se podría sentir caminar de noche por Caracas. Cabe destacar
que en este villa dar paseos nocturnos era algo que no estaba arraigado en la
cultura, por lo que la ruta
iba a ser una nueva experiencia.
Llegó
el día, las 7 de la noche se avecinaron rápidamente, en el metro me encontré con
los panas que me iban acompañar. En
menos de 20 minutos estábamos en La Plaza Bolívar , el centro de la capital. Calles
cerradas, custodia policial, luces de colores, avenidas totalmente limpias y
una muchedumbre de personas es lo que recuerdo de mi primera excursión
noctámbula.
Debido
al gran éxito de la primera edición, el gobierno decidió realizar una nueva
ruta, esta vez la idea era deambular por los museos en la oscuridad. Esta vez mi asistencia era sobreentendida, en esta ocasión el ambiente condicionado a La Plaza de los Museos en
Bellas Artes estaba lleno de distintos performances
que ofrecían desde Disc-jockey de tecno
hasta presentaciones en vivo de tradiciones venezolanas.
Poco
tiempo pasó para que “La
Ruta Nocturna ”, tanto la del centro como la de los museos, se
formalizaran como una cotidianidad. El
espacio se era un lugar donde lo prohibido se convertía normal, recorrer la vía
mientras alguien llevaba una botella de licor o un porro en la mano era lo
común. Ya no se planeaba ir, concurrir a las plazas al anochecer era un hecho
tácito.
Prontamente
pasó un año, así el 1 de junio de 2013 se celebró el aniversario. Como de
costumbre no falté. Pero en esta oportunidad ya no era un espectador, me había
convertido en parte de la masa que no puede ya no puede vivir sin pasear de
noche.
Para
mí “La Ruta Nocturna ”
pasó de ser un experimento a un a en estilo de vida. Tal vez por eso es que no
me he ido de Caracas. Quizás por la misma razón no veo a la ciudad como un
caso, sino como un camino que ofrece experiencias distintas para todas las
personas.
Por Jhoselin Rivas








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